domingo, 29 de mayo de 2011

Nota 224: Palabras de amor.

Te encuentro cada día en las esquinas, en los parques. Te veo sentada en cada silla vacía, en cada soplo de brisa.

Ya no sufro por tu ausencia; disfruto recordar las miradas profundas que nos envolvían en la noche y nos llevaban a dulces besos que nos dábamos escondidos en la terraza de la casa de tu papá.

Te encuentro en cada letra que escribo; hace mucho que no te escucho, pero no olvido los “te amo” que pronunciaste con dulzura en las noches que dejábamos que el tiempo no fuera una barrera.

Te pienso y me doy cuenta del amor que dejé escapar… no te abracé con fuerza, y ahora me arrepiento. Siempre sueño que despierto a tu lado y me pierdo en el brillo de tus hermosos ojos… quisiera embriagarme de tu aroma.

Mi vida está llena de tus fotografías, las guardaré por siempre; miraré las líneas de tu sonrisa; me lavaré en emociones delicadas que surgen al recordar tus caricias… nunca dejarás de ser mi princesita.

Invento historias donde nos volvemos a encontrar y a amar, nos mezclamos en besos y abrazos… y mis lágrimas se resbalan por mis mejillas porque es hermoso tener tu mirada viviendo en mis sueños.

Me quedo en silencio mientras me hago viejo; no puedo perseguirte, tengo que dejarte crecer… sé que querías hacerlo junto a mí, yo también, pero fui yo quien truncó ese hermoso deseo. No quiero darte promesas y palabras, quiero cambiar y ser lo que siempre quise ser para ti.

Cuando lluevan lágrimas en ti, quiero ser el que con un suave abrazo te haga sonreír.

Estás en mí… eres el significado de mis palabras de amor.

domingo, 3 de abril de 2011

Momentos de soledad.

Estaba viviendo el mejor partido de football del mundo, iba ganando con veintitrés goles de ventaja, no podían conmigo, ¡verdad que soy bueno! No han podido quitarme el balón, me acerco a la portería y pateo, el balón entra gloriosamente en el arco y grito gol con todas mis fuerzas… de repente, a lo lejos, escucho un sonido que es intruso a todo esto: “Juan Pablo, no grites”.

Era mi madre, que desde la cocina escuchó el grito que pegué y me regañó por andar gritando como loco. Me sequé el sudor de mi frente y recogí el balón que se acercaba rebotando a mis pies; el público se desvaneció, el marcador de fue volando muy lejos, y el resto de jugadores regresaron a su lugar de origen: mi imaginación.

Pensé en ir a ver televisión un rato, pero miré nuevamente la pared y vi mis deseos plasmados en las conchas de pintura que se caían suavemente, parecían cabalgar sobre el viento. Me di cuenta que entonces la realidad se me aparecía tal cual como la veía ahora, llena de olores viejos, polvo, pies sucios, un balón que sólo yo pateo… nada más. Sólo los sueños me distraen y me hacen sentir que vivir es lindo, pero, ¿por qué no puedo ser como lo que sueño? Lo que sé es que algún día seré más grande que cualquiera de mis deseos, pero mientras tanto iré a ver lo que estén dando en cartoon network.

Me senté en la mecedora, pero me desesperé, la brisa que entraba por la puerta chocaba contra las paredes y me ignoraba; decidí ir nuevamente a la parte de delante de la casa, donde estaba jugando antes. Vi las huellas de mis pies en el suelo, estaban dibujadas por un pequeño contorno de suciedad, miré la pared y sentí el silencio que me envolvía en sus brazos, luego miré el techo y me dejé llevar por el color blanco que parecía oscurecer cada día más; luego decidí pararme en medio del patio y miré al cielo, cerré los ojos y levanté los brazos, sentí la eterna soledad que se pasea por los pasillos de la casa. Sentí el borroso recuerdo de mis amigos que ya no están, sólo hacen parte de mi mente y juego con sus rostros, juego con esas imágenes que se aparecen sin que yo las llame; y aún así lloro porque no es suficiente soñar… es hermoso sentir una realidad que no existe, pero es horrible abrir los ojos y saber que ahora que estoy despierto, todo es tan crudo y simple, que los deseos en mi interior se reducen a una lágrima que se derrama por mis mejillas.

Tomé un hondo suspiro y miré mis manos sucias, ¡Sólo tengo diez años! ¿Por qué tengo que vivir esta desgracia? Los días son una eternidad aquí, mi vida es una pausa horrible. Pero no importa, algún día todo esto se irá, estoy seguro, algún día olvidaré todo esto y podré sonreír.

Me había cansado de estar de pie y me senté, luego escuché un ruido, era el portón de la entrada, alguien lo estaba abriendo; me levanté rápidamente y fui a ver. Las dos puertas gigantes se abrieron y vi la silueta de un hombre que me llenó de completa felicidad, hizo desaparecer todos los pensamientos que me atormentaban… era mi padre.





















Juan Pablo Valderrama Pino.

martes, 28 de diciembre de 2010

La sonrisa de los maniquíes rosados.

La sonrisa de los maniquíes rosados.

Entré a un sueño profundo. Ojalá nada me despierte, quiero soñar y no despertarme nunca más. Hoy ha sido un mal día, la realidad solamente me causa decepción y fatiga, la crudeza de la humanidad es, de cierto modo, repulsiva.

Fui recibido por un aire fresco y lleno de vida; de una vida que no se siente en el mundo real. Comencé a caminar a través de un sendero horrible y apasionante, había manchas de pisadas en el suelo. Los arboles que me seguían parecían derretirse, las casas que me observaban se veían solitarias, y un ruidoso silencio gobernaba todo este lugar misterioso al que acabo de ser inmerso.

- Oye, ¿donde encuentro una heladería? – ... –

Era un maniquí rosado y se fue caminando. No me respondió.

¿Por qué no me habrá, siquiera, prestado atención? Prácticamente todo era solitario. Llegué a un parque descuidado, incluso por el viento, donde había un rio que dividía este lado del otro; parecía imposible de cruzar. Me quedé sentado en una de las bancas verdes que había en desorden, estaban más regadas que colocadas, por todo el parque. Un ambiente de tranquilidad y de felicidad dudosa reinaba en este mundo extraño que apenas empiezo a conocer.

Apareció un caballo y se sentó a mi lado, miraba tristemente el rio mientras que dejaba ir un penoso suspiro. Estuve a punto de hablarle, mi lengua tembló, un vapor frio empezó a brotar de mis dedos; pero, justo antes de encontrar la fuerza que me llevase a dirigirle la palabra a aquel animal desahuciado, se levantó histérico y se fue directo al rio. Desapareció rápidamente en medio de esa agua amarillenta, que parece ser el rio donde todos vomitan las asquerosidades podridas del corazón. No alcanzaba a ver el final del rio, a lo lejos se cortaba con un gigantesco árbol que no dejaba ver nada más que sus ramas grotescas.

Escuché un sonido extraño, no era para nada ruidoso, era más bien un sonido silencioso; eran pasos, pisadas, muchas pisadas. Me levanté de la banca verde situada en desorden y fui a la avenida principal, que estaba a solamente una cuadra del parque. Miré a lo lejos y pude ver cómo el camino lleno de casas y edificios muertos se convertía en la entrada a una gigantesca plaza, en la que pude distinguir un extraño movimiento. Subí unas escaleras que estaban pegadas a un edificio, llegué a la cima de la construcción y empecé a saltar de techo en techo. No quería que nadie me viera, aunque fuesen solamente maniquíes sin rostros que parecen no ver nada.

La calle venía desde una montaña no tan lejana, y parecía terminar en esa plaza gigantesca, donde un alboroto de pasos manifestaba una existencia vana. En el pavimento que se dejaba pisar por mis pies extranjeros, estaban grabadas las manchas de las pisadas de aquellos que seguramente se mueven en la plaza. No había viento, no había sol; solamente la iluminación.

Llegué a un techo en donde podía ver claramente qué era lo que sucedía en esa plaza, me dio miedo, sentí muchos nervios. Mi cabeza me pesaba, sentía que mis pies se quemaban. Eran miles y miles de maniquíes rosados que caminaban sin rumbo, se mezclaban, se tropezaban y continuaban con su maldita caminata sin sentido en esa plaza donde no existe otra cosa distinta a caminar sin sentido. Al principio pensé que era una simple mancha rosada, pero no era así, pude distinguir un maniquí del otro.

Se me ocurrió bajar y acercarme más a ellos, a pesar del miedo que me ocasionaban. Cada paso que yo daba causaba que ellos se retorcieran un poco, se tocaban la cabeza y saltaban, hacían como si estuvieran gritando, pero como no tenían boca, no podían gritar. Atravesé con dificultad toda esa multitud incoherente de maniquíes rosados que caminaban sin rumbo. El sonido de sus pasos muertos me confundía, sentía que una fuerte presión aplastaba mi cabeza. Llegué a un lugar donde encontré bancas verdes en desorden y me senté en la más cercana; impresionantemente me cansé atravesando esa multitud apretada y agonizante de maniquíes.

El sonido de sus pasos muertos invadía mi existencia, no veía nada más que maniquíes caminando sin rumbo, haciendo un ruido silencioso que destruye la paciencia de cualquier ser existente diferente a ellos. La indiferencia con la que caminan es impresionante, se tropiezan el uno con el otro y siguen como si nada, sus pasos son muy crudos, sus movimientos inspiran tristeza, y yo sigo mirándolos con desesperación.

¡No más! es horrible, todo esto es horrible ¡Malditos maniquíes rosados!

Salí corriendo lo más rápido que pude, mis pasos parecían de plástico, mi respiración se sentía como cuando sumerges las manos en algún líquido espeso. Llegué hasta la mitad de la avenida, apoyé mis manos sobre mis rodillas, intentaba recuperar el aliento, pero todo era de tal manera, que cualquier intento de seguir siendo lo que venía siendo y no verme afectado por la presencia inútil de unos maniquíes que vienen de aquí para allá sin sentido alguno, era como recoger agua con un colador. Miraba el suelo lleno de manchas, mis ojos se paseaban sobre la crudeza gris que debajo de mi reposaba, cuando de repente, una sombra delgada apareció de la nada. Era otro maniquí, su cabeza sin rostro apuntaba directamente a mi cabeza, no se movía.

Solamente me miraba con sus ojos inexistentes. Sentí que sonreía, no veía sus labios, pero sentí la fuerza de su corazón de plástico, esa fuerza que me decía "Hola", esa sonrisa que me quitó todo el miedo que había sentido durante todo el sueño. Una hermosa sonrisa de un maniquí rosado; lentamente mi desesperación se empezó a aclarar, mi miedo se disipaba deliciosamente, y la sensación de piel plástica empezaba a latir con calor. No son tan malos. Creo que sólo buscan alguien a quien sonreírle.

... Me desperté sudando. Pasé la mañana pensando en el sueño, meditando sobre los maniquíes rosados que caminan sin rostro, me parecía interesante todo ese rollo. Recordé la sonrisa del último maniquí que vi, me hizo reír.

A la tarde me encontré con Claudia, la saludé, pero ella siguió de largo, como si no me conociese, tal cual como aquel maniquí que me ignoró al principio del sueño, pero que al final regresó para sonreírme, para decirme que todo estaba bien.

La sonrisa de los maniquíes rosados son las caricias inimaginables que la luz esconde. Seguí caminando y luego me di la vuelta, Claudia me miraba, la saludé nuevamente, empezó a llorar y corrí hacia ella para abrazarla. Le pregunté por qué lloraba. Me dijo que lo sentía mucho, que lo sentía mucho, ¿Qué lo sentía mucho? me miró a los ojos, la miré y vi que sus ojos no tenían ningún significado, la solté bruscamente, la miré fijamente, se volvió un maniquí rosado que camina sin rostro, pero me estaba sonriendo con su llanto, pidiéndome perdón.

Caí de rodillas y empecé a llorar también, no podía comprender la confusión que lentamente se desataba en mi interior. Yo era aquel maldito maniquí rosado que sonrió en el sueño. Toda la vida lo he sido, he caminado de aquí para allá sin ningún significado, he respirado hipócritamente sin importar qué suceda afuera, ¿Qué es afuera? Sólo ignoré lo que era ser y ahora me doy cuenta de lo que soy. Hoy me he visto en el espejo.

Fue la sonrisa del maniquí rosado lo que me devolvió la vida.



Fin.




Juan Pablo Valderrama Pino.