martes, 28 de diciembre de 2010

La sonrisa de los maniquíes rosados.

La sonrisa de los maniquíes rosados.

Entré a un sueño profundo. Ojalá nada me despierte, quiero soñar y no despertarme nunca más. Hoy ha sido un mal día, la realidad solamente me causa decepción y fatiga, la crudeza de la humanidad es, de cierto modo, repulsiva.

Fui recibido por un aire fresco y lleno de vida; de una vida que no se siente en el mundo real. Comencé a caminar a través de un sendero horrible y apasionante, había manchas de pisadas en el suelo. Los arboles que me seguían parecían derretirse, las casas que me observaban se veían solitarias, y un ruidoso silencio gobernaba todo este lugar misterioso al que acabo de ser inmerso.

- Oye, ¿donde encuentro una heladería? – ... –

Era un maniquí rosado y se fue caminando. No me respondió.

¿Por qué no me habrá, siquiera, prestado atención? Prácticamente todo era solitario. Llegué a un parque descuidado, incluso por el viento, donde había un rio que dividía este lado del otro; parecía imposible de cruzar. Me quedé sentado en una de las bancas verdes que había en desorden, estaban más regadas que colocadas, por todo el parque. Un ambiente de tranquilidad y de felicidad dudosa reinaba en este mundo extraño que apenas empiezo a conocer.

Apareció un caballo y se sentó a mi lado, miraba tristemente el rio mientras que dejaba ir un penoso suspiro. Estuve a punto de hablarle, mi lengua tembló, un vapor frio empezó a brotar de mis dedos; pero, justo antes de encontrar la fuerza que me llevase a dirigirle la palabra a aquel animal desahuciado, se levantó histérico y se fue directo al rio. Desapareció rápidamente en medio de esa agua amarillenta, que parece ser el rio donde todos vomitan las asquerosidades podridas del corazón. No alcanzaba a ver el final del rio, a lo lejos se cortaba con un gigantesco árbol que no dejaba ver nada más que sus ramas grotescas.

Escuché un sonido extraño, no era para nada ruidoso, era más bien un sonido silencioso; eran pasos, pisadas, muchas pisadas. Me levanté de la banca verde situada en desorden y fui a la avenida principal, que estaba a solamente una cuadra del parque. Miré a lo lejos y pude ver cómo el camino lleno de casas y edificios muertos se convertía en la entrada a una gigantesca plaza, en la que pude distinguir un extraño movimiento. Subí unas escaleras que estaban pegadas a un edificio, llegué a la cima de la construcción y empecé a saltar de techo en techo. No quería que nadie me viera, aunque fuesen solamente maniquíes sin rostros que parecen no ver nada.

La calle venía desde una montaña no tan lejana, y parecía terminar en esa plaza gigantesca, donde un alboroto de pasos manifestaba una existencia vana. En el pavimento que se dejaba pisar por mis pies extranjeros, estaban grabadas las manchas de las pisadas de aquellos que seguramente se mueven en la plaza. No había viento, no había sol; solamente la iluminación.

Llegué a un techo en donde podía ver claramente qué era lo que sucedía en esa plaza, me dio miedo, sentí muchos nervios. Mi cabeza me pesaba, sentía que mis pies se quemaban. Eran miles y miles de maniquíes rosados que caminaban sin rumbo, se mezclaban, se tropezaban y continuaban con su maldita caminata sin sentido en esa plaza donde no existe otra cosa distinta a caminar sin sentido. Al principio pensé que era una simple mancha rosada, pero no era así, pude distinguir un maniquí del otro.

Se me ocurrió bajar y acercarme más a ellos, a pesar del miedo que me ocasionaban. Cada paso que yo daba causaba que ellos se retorcieran un poco, se tocaban la cabeza y saltaban, hacían como si estuvieran gritando, pero como no tenían boca, no podían gritar. Atravesé con dificultad toda esa multitud incoherente de maniquíes rosados que caminaban sin rumbo. El sonido de sus pasos muertos me confundía, sentía que una fuerte presión aplastaba mi cabeza. Llegué a un lugar donde encontré bancas verdes en desorden y me senté en la más cercana; impresionantemente me cansé atravesando esa multitud apretada y agonizante de maniquíes.

El sonido de sus pasos muertos invadía mi existencia, no veía nada más que maniquíes caminando sin rumbo, haciendo un ruido silencioso que destruye la paciencia de cualquier ser existente diferente a ellos. La indiferencia con la que caminan es impresionante, se tropiezan el uno con el otro y siguen como si nada, sus pasos son muy crudos, sus movimientos inspiran tristeza, y yo sigo mirándolos con desesperación.

¡No más! es horrible, todo esto es horrible ¡Malditos maniquíes rosados!

Salí corriendo lo más rápido que pude, mis pasos parecían de plástico, mi respiración se sentía como cuando sumerges las manos en algún líquido espeso. Llegué hasta la mitad de la avenida, apoyé mis manos sobre mis rodillas, intentaba recuperar el aliento, pero todo era de tal manera, que cualquier intento de seguir siendo lo que venía siendo y no verme afectado por la presencia inútil de unos maniquíes que vienen de aquí para allá sin sentido alguno, era como recoger agua con un colador. Miraba el suelo lleno de manchas, mis ojos se paseaban sobre la crudeza gris que debajo de mi reposaba, cuando de repente, una sombra delgada apareció de la nada. Era otro maniquí, su cabeza sin rostro apuntaba directamente a mi cabeza, no se movía.

Solamente me miraba con sus ojos inexistentes. Sentí que sonreía, no veía sus labios, pero sentí la fuerza de su corazón de plástico, esa fuerza que me decía "Hola", esa sonrisa que me quitó todo el miedo que había sentido durante todo el sueño. Una hermosa sonrisa de un maniquí rosado; lentamente mi desesperación se empezó a aclarar, mi miedo se disipaba deliciosamente, y la sensación de piel plástica empezaba a latir con calor. No son tan malos. Creo que sólo buscan alguien a quien sonreírle.

... Me desperté sudando. Pasé la mañana pensando en el sueño, meditando sobre los maniquíes rosados que caminan sin rostro, me parecía interesante todo ese rollo. Recordé la sonrisa del último maniquí que vi, me hizo reír.

A la tarde me encontré con Claudia, la saludé, pero ella siguió de largo, como si no me conociese, tal cual como aquel maniquí que me ignoró al principio del sueño, pero que al final regresó para sonreírme, para decirme que todo estaba bien.

La sonrisa de los maniquíes rosados son las caricias inimaginables que la luz esconde. Seguí caminando y luego me di la vuelta, Claudia me miraba, la saludé nuevamente, empezó a llorar y corrí hacia ella para abrazarla. Le pregunté por qué lloraba. Me dijo que lo sentía mucho, que lo sentía mucho, ¿Qué lo sentía mucho? me miró a los ojos, la miré y vi que sus ojos no tenían ningún significado, la solté bruscamente, la miré fijamente, se volvió un maniquí rosado que camina sin rostro, pero me estaba sonriendo con su llanto, pidiéndome perdón.

Caí de rodillas y empecé a llorar también, no podía comprender la confusión que lentamente se desataba en mi interior. Yo era aquel maldito maniquí rosado que sonrió en el sueño. Toda la vida lo he sido, he caminado de aquí para allá sin ningún significado, he respirado hipócritamente sin importar qué suceda afuera, ¿Qué es afuera? Sólo ignoré lo que era ser y ahora me doy cuenta de lo que soy. Hoy me he visto en el espejo.

Fue la sonrisa del maniquí rosado lo que me devolvió la vida.



Fin.




Juan Pablo Valderrama Pino.

2 comentarios:

  1. Me encantoooo! Espero veas esto.

    Stefania Buitrago.

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  2. juanpi cada vez escribes mejor, me encanta. aunque mi mama te manda a decri que le escribas algo que llame a amar la vida :) jajajaj
    te quiero juanpi, me ecanta!

    nani :)

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